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5.11 Directores artísticos
Como sucede en otros ámbitos profesionales, el decorador como tal tarda en surgir en el seno de la industria, sobre todo porque los productores no entendieron necesaria su presencia, algo que asumía el director de la película en muchas ocasiones.

En los primeros años del cine se utilizó indistintamente los exteriores naturales con unos precarios decorados montados, igualmente, en exteriores o en los primitivos estudios. En la mayoría de los casos se hablaba de telones de fondo, de ambientes pintados creando falsas perspectivas. Toda la ambientación cinematográfica en esa época estuvo influenciada por el mundo de la Opera y el Teatro, dominio que se mantuvo durante mucho tiempo.

Es así como surgen los primeros profesionales. Se consolida el prestigio de Joseph Urban en el mundo del cine, al pasar de los elementos planos a los arquitectónicos. La corporeidad comienza a estar presente en el cine estadounidense de la década de 1910 y a su consolidación contribuyen años después el polaco Anton Grot en el seno de la Warner Bros. a lo largo de veinte años y William Cameron Menzies, el primer profesional reconocido como "director de la producción" en los títulos de crédito de una película. Mientras Grot se asocia al mejor cine de aventuras firmado por Michael Curtiz —en la línea de El capitán Blood (Captain Blood, 1935) y Robín de los bosques (The adventures of Robin Hood, 1938)-, Cameron Menzies tras trabajar en diversas películas para David W. Griffith y Raoul Walsh, será especialmente recordado por su trabajo en Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, 1939).

Al hablar de decorados también hay que tener en cuenta la pintura, la luz, los espacios y los actores. Los primeros decoradores y pintores buscaron dejar una huella en las películas en las que participaban, lo que les supuso mantener un pulso con todos aquellos directores que consideraban que perdían protagonismo en su obra. En esta época Wilfred Buckland se tropieza con el autoritarismo de Cecil B. De Mille, mientras que Ben Carré consigue desarrollar una labor continuada con sus trabajos para el director Maurice Tourneur.

En el cine estadounidense fueron ampliamente reconocidas las aportaciones de figuras como la del alemán Hans Dreier en la Paramount durante 27 años, destacando sus trabajos en las excelentes películas de Josef von Sternberg [desde La ley del hampa (Underworld, 1927) hasta El diablo es una mujer (The devil is a woman, 1935)] y las de Billy Wilder [desde El mayor y la menor (The major and the minor, 1942) hasta El crepúsculo de los dioses (Sunset boulevard, 1949)]; Hal Pereira, quien continúa la trayectoria de Dreier y deja su sello en películas como Atrapa a un ladrón (To catch a thief, 1955) y Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, 1961); la de Van Nest Polglase en la RKO; la del canadiense Richard Day para las películas de Erich von Stroheim, desde Esposas frívolas (Foolish wives, 1922) hasta La reina Kelly (Queen Kelly, 1928); el excepcional trabajo de Charles D. Hall para la Universal en Drácula (1931) o Frankenstein (1931); la de Lyle Wheeler para la Fox a lo largo de 17 años; y, por encima de todos, la de Cedric Gibbons para la Metro Goldwyn Mayer, que se destaca entre los nominados al Oscar por serlo en 39 veces de las que consiguió 11, desde El puente de San Luis Rey (The bridge of San Luis Rey, 1929) hasta Marcado por el odio (Somebody up there likes me, 1956).

Son otros muchos los decoradores o directores artísticos que se pueden tener presentes por la huella dejada en películas que se guardan en la memoria colectiva. De la colaboración entre Mitchell Leisen y Cecil B. De Mille quedan muchas películas como Los diez mandamientos (The ten commandments, 1923) y El signo de la cruz (The sing of the cross, 1932); y de Alexander Trauner se recuerdan diversos trabajos para filmes de Wilder como El apartamento (The apartment, 1960) y Uno, dos, tres (One, two, three, 1961) .

Entre los europeos cabe mencionar los decorados expresionistas de los alemanes Rochus Gliese [en tres versiones de El Golem (Der Golem) y Hermann Warm [El gabinete del doctor Caligari (Das kabinett des Dr. Caligari, 1919)]; las aportaciones de los británicos Ken Adam -en películas de Stanley Kubrick- y John Bryan —para las primeras obras de David Lean-; la colaboración de los franceses Max Douy, Juan d’Eaubonne y Pierre Guffroy con directores como Claude Autant-Lara, Max Ophuls y Luis Buñuel. También destacan las aportaciones del decorador de origen ruso Lazare Meerson para las películas francesas de René Clair y Jacques Feyder, o las de su paisano Serge Pimenoff para Jean Delannoy, trayectorias que seguirá su colaborador Georges Wakhevitch en buena parte del cine francés.

En el cine español brilla con luz propia una amplia nómina de decoradores con una dilatada trayectoria artística, entre los que destacan Alfonso de Lucas, Antonio Simont, Enrique Alarcón, Sigfredo Burmann, Francisco Canet, Wolfgang Burmann, Ramiro Gómez, José Luis Galicia, Jaime Pérez Cubero, Adolfo Cofiño o Rafael Palmero y Félix Murcia, entre otros muchos; y en especial Gil Parrondo, que recibió dos Oscar por sus trabajos en producciones internacionales rodadas en España como fueron Patton (1969) y Nicolás y Alejandra (Nicholas and Alexandra, 1971).

 



Anton Grot creó la escenografía para El capitán Blood (1935).




Charles D. Hall es el autor del
club nocturno de la película Broadway (1929).



Fuente fotos: Historia Universal del Cine. Madrid. Fascículos Planeta. 1982. Varios tomos.