Distintos tipos de oradores

Se ha establecido también la diferencia ancestral entre los asianistas y los aticistas, en la idea de que éstos eran precisos y esenciales y aquellos recargados y vanos, y de que a unos nada sobraba y a los otros les faltaba prudencia y mesura. Algunos, entre los que se encuentra, Santra, creen que esto sucede porque la raíz del paulatino influjo de la lengua griega en las ciudades cercanas de Asia condicionan su elocuencia, sin tener todavía el suficiente dominio de la lengua, y por ello empezaron a referirse con rodeos a lo que podían expresar con propiedad, y después siguieron con esta práctica. En cambio, a mi me parece que la distinción del discurso se ha hecho por la condición de los oradores y los oyentes, porque los atenienses sobrios y de buen gusto, no soportaban nada vacuo y sobrecargado, mientras el pueblo asiático, por otra parte más envanecido y petulante, se ve enardecido por la vanagloria más inútil del estilo. A continuación, los que trazaban esta división añadieron un tercer género, el rodio, que quieren que sea algo intermedio e híbrido entre uno y otro. En efecto, ni resultan tan escuetos como los áticos ni tan abigarrados como los asiáticos, de suerte que parece que preservan algo de su pueblo y algo de su modelo. Esquines, en efecto, había escogido este lugar (Rodas) para su destierro, implantó allí los estudios de Atenas, los cuales, al igual que las cosechas, degeneran por cambios de la tierra o del cielo, cambiaron aquel gusto ático con el extraño del lugar. Y se ha acuñado, por tanto, un estilo pesado e indolente, aunque sin algo de fuerza, y no lo consideran similar a las fuentes cristalinas ni a los torrentes revueltos, sino a los estanques apacibles. Nadie, pues, podría cuestionar que el mejor, con mucho, es el género de los aticistas. En éste, al igual que hay algo común entre ellos mismos, es decir, una aguda y fina capacidad de juicio, así también hay múltiples manifestaciones de su talento. Por ello creo que se confunden los que se figuran que únicamente son aticistas los sencillos, claros y efusivos, pero que se conforman con una cierta sobriedad en la elocuencia, conteniéndose siempre sin sacar la mano del manto".

(QUINTILIANO. La Instrucción de los oradores 12, 10, 16-21. Traducción de Antonio Moreno Hernández. Alianza editorial. Madrid 2001.)


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