Lejos de Palestina, en Oriente, lugar por el que sale el sol, vivían unos sabios que se dedicaban al estudio de las estrellas.
Un día vieron una estrella desconocida para ellos y empezaron a estudiarla. Estudiaron los libros y descubrieron que por esas fechas en Palestina iba a nacer el nuevo rey de los judíos. La estrella se movía y decidieron seguirla para ver donde les conducía. De esta forma llegaron a Jerusalén pensando que el nuevo rey habría nacido en la capital del país.
La estrella desapareció y no sabiendo donde ir, empezaron a preguntar por el lugar en que se encontraba el Niño que había nacido. Toda Jerusalén se alborotó y el rey Herodes, cuando se enteró de la noticia, se enfadó mucho pensando que ese Niño podría quitarle el trono. Mandó a sus sabios que averiguaran dónde decían las Escrituras que iba a nacer el Mesías. Los sabios le dijeron que según las Escrituras el Mesías nacería en Belén.
El rey Herodes mandó llamar a los sabios de Oriente para darles la información, también les pidió que cuando encontraran al Niño volvieran y le dijeran el lugar exacto en el que se encontraba para ir a adorarle también.
Los sabios de Oriente se pusieron en camino hacia Belén, nada más salir de Jerusalén volvieron a ver la estrella en el cielo lo que les confirmó que estaban en el buen camino.
Cuando llegaron a Belén la estrella se detuvo sobre el lugar en el que vivían Jesús, María y José.
Nada más entrar en la casa, vieron a María con el Niño en los brazos, fue tanta su alegría que se pusieron de rodillas y lo adoraron. Le entregaron regalos que le habían traído: oro, incienso y mirra.
Cuando decidieron regresar a su país, pensaron que era mejor volver por otro camino para no tener que ver de nuevo al rey Herodes.

(Mateo 2, 1-12)