El emperador romano César Augusto mandó pregoneros por todos los pueblos, pidiendo a sus habitantes que fueran al lugar de donde procedían sus antepasados, para que escribieran sus nombres en una lista (censo). De esta forma sabría cuántos súbditos tenía. También le interesaba tener controladas a las personas que debían pagar impuestos.

Los antepasados de María y José procedían de Belén, eran descendientes del rey David, de la tribu de Judá. Así pues, se pusieron en camino. El viaje fue largo y lleno de incomodidades, pues a María le faltaba muy poco para que se cumpliera el tiempo de dar a luz.

Cuando llegaron a Belén, encontraron el pueblo lleno de gente que había ido a inscribirse, las posadas estaban llenas y tuvieron que alojarse en un establo que había a las afueras del pueblo. El Niño que esperaba María podía nacer en cualquier momento.

El Niño nació y su madre le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre.

De esta forma tan sencilla narran los evangelios el acontecimiento más importante ocurrido en la historia de la humanidad. Tan importante, que la mayor parte de los calendarios del mundo, empiezan a contar el tiempo desde este momento. Solamente sus padres fueron testigos del hecho. Le pusieron por nombre Jesús, que significa "salvador", como el ángel le había dicho a María.

Pero Dios no podía dejar de comunicárselo a los hombres. Por eso, envió un ángel a unos pastores que estaban cuidando sus rebaños muy cerca del establo, para anunciarles esta gran noticia. Los pastores fueron al establo y encontraron al Niño, como el ángel les había dicho.