Los discípulos, por tanto, se quedaron en Jerusalén esperando al Espíritu Santo que Jesús les había prometido. Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente, se oyó por los aires un soplo de viento muy fuerte. Tembló todo la casa donde se encontraban y aparecieron llamas de fuego que flotaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y la voz de Dios hablaba por medio de ellos en distintos idiomas, según les inspiraba el Espíritu de Dios.

Vivían en Jerusalén hombres temerosos de Dios de todos los países del mundo, los cuales, sorprendidos por aquel estruendo procedente del cielo, acudieron en masa al lugar donde predicaban los apóstoles y se juntó allí mucha gente.

Al oírles hablar cada uno en su propio idioma, llenos de admiración y de espanto, decían: "¿Esos que hablan no son de Galilea? ¿Entonces por qué les oímos hablar en nuestra lengua? Somos de distintos países y regiones y, sin embargo, los entendemos y los oímos hablar de lo que Dios ha hecho".

Otros en cambio, pensaban que los apóstoles habrían bebido vino muy de madrugada y que estaban borrachos. De esa manera se burlaban de ellos y decían: "Han bebido demasiado mosto. Por eso hablan con tanta fuerza".

(Hechos 2, 1-18 32. 36-38. 41-42)

Entonces Pedro, con los doce apóstoles se presentó ante ellos y comenzó a hablarles en voz alta: "Gentes de Judea y de Jerusalén, oíd lo que voy a deciros y aceptar nuestro mensaje. Estos hombres no están borrachos ya que apenas son las nueve de la mañana. Lo que ha sucedido es lo que predijo el profeta Joel: "Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres, y vuestros hijos e hijas predicarán con don de lenguas. Verdaderamente aquellos días Yo derramaré sobre mis siervos y siervas, mi Espíritu y profetizarán". Y Pedro les habló de Jesús, anunciándoles que Dios lo había resucitado de entre los muertos y les dijo: "Aquel a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Salvador vuestro".

Al oír lo que Pedro había dicho, muchos de los que estaban allí, preguntaron: "Hermanos, ¿qué debemos hacer?". Pedro les dijo: "Convertíos a Él y bautizaos en el Nombre del Señor Jesús. Así se os perdonarán los pecados, y Dios derramará también sobre vosotros el Espíritu Santo".

Aquel día se bautizaron unos tres mil hombres y se incorporaron a la comunidad. Todos escuchaban juntos las enseñanzas de los apóstoles, celebraban la cena y rezaban en común.