Jesús, después de su muerte y resurrección, permaneció cuarenta días apareciéndose a sus discípulos y hablándoles del Reino de Dios para robustecerlos en su fe, de modo que pudiesen ser sus enviados.

La última vez que estuvo con ellos les ordenó que no se marchasen de Jerusalén. Debían quedarse allí, esperando la promesa de Dios. Les dijo: "Juan bautizó con agua pero vosotros recibiréis, de aquí a pocos días, el bautismo del Espíritu Santo".

En aquella última reunión, en el monte de los Olivos, junto a Jerusalén, le preguntaron sus discípulos: "Señor, ¿restablecerás el Reino de Israel?"
Él les contestó: "No os preocupéis de eso, Dios, en su poder, ha señalado el tiempo y la hora. Es sólo cosa suya, no vuestra. Pero vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros. Esa es la hora que debéis esperar. Entonces anunciaréis en mi Nombre el Evangelio a los hombres, primero en Jerusalén, luego en Judea, después en Samaría, y seguidamente de un país a otro por toda la tierra".

Y dicho esto, fue llevado de su presencia. Una nube lo envolvió de modo que ya no lo vieron más; desapareció y ellos se quedaron mirando al cielo. Mientras miraban atónitos hacia el lugar por donde se había ocultado, aparecieron junto a ellos dos ángeles con blancas vestiduras, que les dijeron: "Hombres de Galilea, ¿qué hacéis asombrados mirando al cielo? Jesús ha sido llevado de aquí, según habéis visto. Y este mismo Señor, así como ha sido llevado al cielo ante vuestros ojos, así también volverá".

(Hechos 1, 1-11)