A la muerte del rey Salomón le sucedió su hijo Roboam, que fue proclamado rey en Siquem. Las gentes de Israel confiaban en que el nuevo rey se mostraría más bondadoso que su padre y así se lo hicieron saber: "Tu padre hizo pesado nuestro yugo; aligera tú la dura servidumbre de tu padre y el pesado yugo que puso sobre nosotros y te serviremos".

Roboam pidió consejo a los ancianos del reino y éstos le aconsejaron atender las peticiones de su pueblo, pues les parecían justas. Pero Roboam no quiso hacerles caso. Convocó entonces a los jóvenes y les pidió su parecer. Y los jóvenes, ignorando el sabio consejo de los ancianos, animaron al rey a gobernar con mano dura, sin escuchar las peticiones de clemencia de su pueblo. Así, cuando el pueblo de Israel volvió para conocer las intenciones de su rey, éste les habló con voz dura: "Mi padre hizo pesado vuestro yugo y yo lo haré más pesado todavía. Mi padre os ha castigado con azotes y yo os azotaré con escorpiones".

Descontento el pueblo de Israel ante la actitud de su nuevo rey, pidió la ayuda de Jeroboam, antiguo siervo de Salomón. Jeroboam se rebeló contra su rey y una gran parte del pueblo de Israel le siguió. Sólo las tribus de Judá y de Benjamín permanecieron fieles a Roboam y formaron el reino de Judá, con capital en Jerusalén. Las diez tribus del norte proclamaron rey a Jeroboam y establecieron su capital en Siquem, aunque conservaron el nombre de reino de Israel. Así se separaron los reinos de Judá y de Israel y hubo guerra continua entre Roboam y Jeroboam.

(1 Reyes 12)