José era hijo de Jacob y Raquel. En la época de su nacimiento vivían en Harán, en la casa de su abuelo Labán.

Jacob y sus doce hijos se establecieron en la tierra de Canaán, donde había residido su padre Isaac, hijo de Abraham. De todos ellos amaba especialmente Jacob a su hijo José, porque era el hijo de su ancianidad, y porque tenía un alma pura e inocente. Viendo sus hermanos que su padre le quería más que a todos ellos, le aborrecían y nunca le dirigieron una palabra amable.

El Señor hablaba a José a través de los sueños. Un día José soñó que el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante él y lo adoraban. Cuando contó el sueño a sus padres y a sus hermanos, su padre le reprendió diciéndole: "¡Qué sueño es ése, José! ¿Piensas que alguna vez yo, tu madre y tus hermanos vamos a postrarnos en tierra ante ti ?" El inocente José no respondió. Para él sólo eran sueños, porque aún ignoraba que Dios le hablaba a través de los sueños y que éstos, algún día, se harían realidad. Y su padre, Jacob, no podía dejar de pensar en los sueños de su hijo y en lo que tras ellos se ocultaba.

Cuando el joven José tenía diecisiete años, su padre le regaló una túnica de colores. Y al verlo, sus hermanos lo odiaron aún más. Otra noche soñó José que estando en el campo junto a sus hermanos, formando gavillas con el heno, su gavilla se levantaba y se mantenía de pie, erguida, y las gavillas de sus hermanos la rodeaban y se inclinaban ante la suya. Cuando lo contó a sus hermanos, éstos le respondieron: "¿Acaso piensas que has de reinar tú sobre nosotros y nos has de dominar?" Y desde ese momento lo odiaron aún más.

Sucedió un día que los hermanos de José habían marchado a apacentar sus ovejas cerca de Siquem, y Jacob le llamó y le dijo: "Hace días que no tenemos noticias de tus hermanos. Ve a donde están y vuelve para decirme como se encuentran ellos y el rebaño".

Marchó José en busca de sus hermanos. Al verlo llegar, pensaron que era la ocasión adecuada para deshacerse de él. Pero Rubén asustado ante lo que querían hacer sus hermanos, exclamó: "No, no lo matéis. No debemos manchar nuestras manos con su sangre. Arrojadlo a ese pozo del desierto y no pongáis la mano sobre él". Así lo hicieron. Pero antes le quitaron la túnica para mostrársela después a su padre y decirle que José había muerto.

En ese mismo momento vieron llegar una caravana de ismaelitas con sus camellos cargados de perfumes, bálsamo y mirra para venderlo en Egipto pues eran mercaderes. Entonces Judá dijo a sus hermanos: "¿Qué sacaríamos con matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Tengo una idea mejor. Vendámoslo a estos mercaderes y ellos lo llevarán lejos de nosotros".

Así, los hijos de Jacob sacaron a su hermano José del pozo y lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata. Después mataron a un macho cabrío, cubrieron con su sangre la túnica de José y se la llevaron a Jacob, diciendo: "La hemos encontrado en el desierto. Mira a ver si es la túnica de tu hijo". Al reconocerla, exclamó Jacob: "Es la túnica de mi hijo, una fiera lo ha devorado. Ha matado a mi querido José." Rasgó Jacob sus vestiduras, se vistió de saco y guardó duelo por su hijo durante muchos días. Y nadie podía darle consuelo.

José tuvo que acompañar a la fuerza a la caravana de mercaderes que se dirigía a Egipto. Anduvo pesaroso todo el viaje, sin comprender por qué sus hermanos lo habían vendido. Lejos de su familia, no era más que un esclavo. En Egipto, José fue vendido a Putifar, jefe de la guardia del faraón.

Putifar hizo a José mayordomo de su casa y puso en su poder todo lo que tenía. Y desde entonces, las cosas empezaron a irle tan bien al egipcio, que nunca volvió a tener ninguna preocupación: confiaba en José y José fue el mejor administrador de su hacienda.

Pasaron los años. Diez se habían cumplido desde la llegada de José a Egipto, cuando en palacio se produjo un gran desasosiego. El faraón había tenido dos sueños que le habían preocupado extraordinariamente y ninguno de sus consejeros había sido capaz de explicárselos. Entonces el copero del rey le habló de un joven hebreo y de sus extraordinarias cualidades para interpretar los sueños.

Mandó el faraón que José el hebreo acudiera a su presencia y cuando estuvo ante él, le dijo: "Este es mi sueño: Estaba yo en la ribera del río y vi subir del río siete vacas gordas y hermosas, que se pusieron a pacer en la orilla; y he aquí que detrás de ellas vinieron otras siete vacas malas, feas y flacas, como no las he visto nunca en toda la tierra de Egipto. Y las siete vacas flacas se comieron a las siete vacas gordas. Y tuve también otro sueño: Vi que salían de un mismo tallo siete espigas grandes y hermosas y que tras ellas crecían otras siete espigas secas, quemadas por el viento; entonces las espigas secas devoraron a las espigas llenas".

Al momento respondió José al faraón: "Tus dos sueños no son sino uno. Las siete vacas gordas y las siete espigas llenas representan siete años, siete años de abundancia y prosperidad para Egipto. Pero tras ellas vendrán las siete vacas flacas y las siete espigas secas, otros siete años, pero éstos de hambre y de escasez, que asolarán las tierras de Egipto. Y esto es lo que debéis hacer: Buscad a un hombre sabio y ponedlo al frente de las tierras de Egipto, para que se encargue de guardar las cosechas en los años de abundancia y que vuestro pueblo tenga para comer en los años de escasez”.

Le parecieron bien las palabras de José al faraón y decidió nombrarlo administrador de sus tierras y de sus cosechas. Y así, un esclavo hebreo se convirtió en el hombre más importante de Egipto, después del faraón.

Por haber sabido interpretar los sueños del faraón, anunciando para Egipto siete años de abundantes cosechas, seguidos de otros siete de escasez, José el hebreo, hijo de Jacob, fue nombrado administrador de todas las tierras de Egipto. Sólo al faraón debía obediencia, mientras que todos habían de obedecerle a él.

Fueron pasando los siete años de abundancia y la tierra produjo tanto trigo como las arenas del mar, tantísimo que hubo que dejar de contarlo porque no podía contarse. Los graneros de todas las ciudades, de todos los pueblos de Egipto estaban llenos a rebosar.

Hasta que un día las tierras dejaron de producir y no hubo ya más cosechas. Y llegaron así los siete años de escasez, tal como José había predicho. Y hubo hambre en todas las tierras, menos en Egipto, porque sus graneros estaban llenos, y mandó José que se fuera distribuyendo poco a poco el grano entre las familias, para que a ninguna le faltara qué comer.

Fuera de Egipto se extendía el hambre y de todos los lugares llegaban gentes a comprar el trigo almacenado en los graneros de Egipto. También en Canaán, donde vivían Jacob y su familia, se empezaron a sentir los efectos de la escasez. Y Jacob dijo a sus hijos: "He oído decir que en Egipto hay trigo en abundancia. Bajad pues allí y comprad alimento, para que no muramos de hambre".

Los diez hermanos mayores se pusieron en camino. Sólo Benjamín, el más pequeño, se quedó con su padre, pues temía éste que le sucediera alguna desgracia si los acompañaba. Tras la desaparición de José, era Benjamín el hijo predilecto de Jacob. Llegaron a Egipto los diez hermanos, en medio de una multitud que buscaba desesperadamente alimento.

Como era José el encargado de distribuir el trigo, fueron llevados a su presencia y se postraron ante él, rostro en tierra. Ellos no reconocieron a su hermano, pero José sí los reconoció. Disimulando la emoción que sentía, les habló con dureza: "Sé que sois espías y habéis venido a Egipto para descubrir nuestros puntos débiles y poder así atacarnos". Asustados los hermanos respondieron: "No somos espías, señor. Somos doce hermanos, hijos de la tierra de Canaán; pero el menor se ha quedado con nuestro padre y el otro ya no está con nosotros".

José, que ansiaba ver a su hermano Benjamín, mandó a la guardia del faraón que encerrara en una celda a Simeón, uno de los hermanos, como rehén y dejara ir al resto, haciéndoles prometer que volverían con su hermano menor.

Ordenó José a sus hombres que llenaran de trigo los sacos de sus hermanos y volvieran a dejar en cada uno de ellos el dinero que le habían entregado. Y los dejó partir. Cuando Jacob su padre supo lo que había sucedido en Egipto lloró por su hijo Benjamín y se negó a que regresaran a Egipto con él. "Me estáis quitando a mis hijos. José ya no está con nosotros, y tampoco Simeón. ¡Y ahora queréis arrebatarme a Benjamín ! No lo permitiré".

Pasaron ocho meses y se acabaron las provisiones que habían traído de Egipto. Jacob no tuvo más remedio que aceptar que Benjamín acompañara a sus hermanos, para que no murieran todos de hambre. Cargados de presentes que su padre Jacob enviaba al hombre del faraón, los hermanos de José emprendieron viaje a Egipto llevando con ellos a Benjamín.

Cuando José los vio llegar, dijo a su mayordomo: "Lleva a casa a estos hombres y prepara una buena comida, porque comerán conmigo al mediodía". Dicho esto, José se encerró en sus habitaciones para que nadie lo viera llorar, tan grande fue su emoción al volver a ver, al cabo de tantos años, a su hermano Benjamín.

Mientras comían, José concibió un plan para que Benjamín se quedara con él en Egipto. Y para, así, atraer también a su padre. Entonces, dijo a uno de sus servidores: "Llena de víveres los sacos de estos hombres y también su dinero. Y en el saco del menor, guarda mi copa de plata ".

Despuntaba el alba cuando se despidieron los hebreos con sus sacos cargados de alimentos. Los hermanos no podían ocultar su alegría y su agradecimiento por volver todos a casa. Pero no hacía sino un rato que habían salido de la ciudad, cuando los guardias del faraón llegaron tras ellos, examinaron su equipaje y hallando la copa en el saco de Benjamín les hicieron regresar a todos ante José. "¿Cómo habéis podido ser tan ingratos conmigo?", exclamó José fingiéndose ofendido. "¿No sabéis que soy adivino y os descubriría? Por vuestro delito, vuestro hermano pequeño se quedará aquí, como mi esclavo".

Se acercó entonces Judá y le dijo: "Escuchadme, mi señor. ¿Cómo voy a llegar hasta mi padre sin llevar a mi hermano conmigo? Sin duda moriría de dolor. Tomadme a mí como esclavo y dejad que Benjamín vuelva con nuestro padre".

Entonces José fue incapaz de contenerse por más tiempo y exclamo: "Acercaos a mí. Yo soy José, vuestro hermano". Y al ver su asombro y temor añadió: "No tengáis miedo. No sois vosotros quienes me hicisteis venir a la tierra de Egipto, sino el señor nuestro Dios. Él fue quien me trajo y me convirtió en padre del faraón y señor de toda la tierra de Egipto, para velar por mi pueblo, que es el pueblo de mi padre Jacob ".

Jacob, a petición de José, se estableció con su familia en la región de Gosén. Y allí pasaron los años de escasez que aún quedaban y vivieron muchos años más en paz, cultivando la tierra y cuidando los ganados.

Vivió Jacob en la tierra de Egipto diecisiete años, siendo todos los años de su vida ciento cuarenta y siete. Cuando los días de Jacob llegaban a su fin, llamó a sus hijos junto a su lecho y les habló así: "Escuchadme todos; Rubén, mi primogénito; y Simeón, Leví, Judá, Zabulón, Isacar, Dan, Gad, Aser, Neftalí, José, Benjamín: prestad atención a mis palabras. El hambre nos hizo abandonar la tierra de Canaán, que el Señor nos había dado. Yo ya no volveré. Pero vosotros sí volveréis algún día. Y si no sois vosotros, al menos vuestros hijos. De vosotros surgirán las doce tribus de Israel ".

Y dirigiéndose a José, le dijo: "Si he hallado gracia a tus ojos te ruego que no me sepultes en Egipto. Quiero ser enterrado junto a mis antepasados, en la cueva de Makpelá, en la tierra de Canaán, la que Abraham compró a Efrón. Allí están enterrados Abraham y Sara, su mujer; allí sepultaron a Isaac y a Rebeca, su mujer; allí sepulté yo a Lía y allí quiero ser sepultado yo".

Cuando acabó Jacob de dar instrucciones a sus hijos, murió. Entonces José mandó a sus servidores y a los médicos de Egipto que embalsamaran a su padre y los egipcios guardaron luto por él setenta días. Sus hijos lo llevaron a la tierra de Canaán y lo sepultaron en la cueva del campo de Makpelá, en Hebrón.