Cuando el rey Nabucodonosor conquistó Jerusalén en el año 587 a. de C. ordenó elegir de entre las más nobles familias israelitas a aquellos jóvenes que sobresaliesen por talento e inteligencia, para educarlos como consejeros suyos y altos funcionarios de la corte. Daniel era uno de los cuatro jóvenes cautivos que habían sido elegidos para ser educados en la corte de Babilonia. A pesar de esto Daniel supo permanecer fiel a la fe de su pueblo y no renunció nunca a su Dios para adorar a otros dioses.

 

Babilonia fue conquistada por Darío, rey de los medos y éste eligió a Daniel como gobernador. Dios había dotado a Daniel de sabiduría e inteligencia, y Darío pensaba ponerlo al frente de todo su reino. Los demás jefes y gobernadores, llenos de envidia, intentaron acusarlo ante Darío para hacerle daño, pero no encontraron nada contra él, pues era fiel en todos los asuntos que realizaba para el rey. Entonces pensaron acusarlo por su religión, ya que sabían que Daniel invocaba a Dios y se postraba ante Él tres veces al día para adorarle. Así, propusieron a Darío que promulgase un edicto por el que sólo se pudiese invocar y dirigir súplicas al rey y no a dioses ni a otros hombres. Y quien no obrase así, fuese arrojado al foso de los leones. Daniel entró en su habitación como todos los días y abriendo las ventanas que daban hacia Jerusalén, se arrodilló y adoró a Dios. Entonces aquellos hombres entraron y lo encontraron rezando como habían previsto y lo acusaron ante Darío.

Aunque el rey quería salvarlo, Daniel fue arrojado al foso de los leones y para que no pudiera escaparse sellaron la tapa del foso. El rey no comió y pasó toda la noche sin dormir, preocupado por Daniel. A la mañana siguiente fue Darío corriendo al foso de los leones y gritó de lejos: "¡Daniel, siervo del Dios vivo! ¿Ha podido salvarte tu Dios?" Y Daniel desde el foso, exclamó: "Dios envió a su ángel a cerrar las fauces de los leones, y no me ha pasado nada" El rey mandó sacar a Daniel del foso que había salido ileso por haber confiado en su Dios. Entonces Darío dirigió un mensaje escrito a todos sus pueblos: "El Dios de Daniel es el Dios vivo, y lo será eternamente. El salva y pone en libertad, hace prodigios y milagros en el cielo y en la tierra. ¡Pueblos todos de mi reino, temed al Dios de Daniel!" (Daniel 6)

Daniel se convirtió de esta forma en un hombre sabio y en un profeta de Dios, cuyas palabras y ejemplos iluminaron a su pueblo para que todos supieran cómo debían actuar frente a los dioses de otros pueblos.